12 de octubre de 2013

El Martillo de Thor

Pasaron varias semanas hasta que recibió el email de Gopher.
Había pensado en volver a Ilógico desde el momento en que acabó la reunión, pero cuando fueron pasando las semanas sin noticias del club, se planteó si era mejor no embarcarse en una aventura que tal vez no resultara como ella esperaba. 

Gopher se disculpaba por no haberla escrito antes, había tenido asuntos familiares que atender y como habían quedado en que haría, le detalló los días de reunión.
También le decía que la semana siguiente debería ser la próxima reunión, pero no se iba a celebrar, porque en su lugar se reunirían para la cena de Navidad.

- ¿Una cena de Navidad a mediados de Febrero?, dijo en voz alta.
Conan se acercó hasta ella y la miró esperando algo más.
- No es por tí Conan, es por esta gente tan curiosa, están completamente locos - dijo riéndose - como también lo estoy yo, hablando sola o hablando contigo, que no sé qué es peor.
Conan se subió tratando de alcanzar la zona alta de su rodilla, era tan pequeño que no llegaba hasta arriba.
- Mi pequeño General, mi bichito ¿qué te parece si voy a la cena? ¿te gustaría?.
Escuchar "cenar" y "gustaría" fue la señal para que Conan recordara de alguna manera que era hora de comer algo, así que se apretó contra sus zapatillas y empezó a reclamar su atención.
- No, ahora no, aún queda un rato para cenar, bichito.
Estaba segura de que Conan la comprendía perfectamente. La miró, bajó la cabeza y se sentó en su alfombra.

Tenían que hacer la reserva en el restaurante, así que debía responder hoy mismo o mañana, como muy tarde, si iría o no a la cena. Parecía fácil, seguramente lo sería para cualquiera, pero no era fácil para ella.

Salió al jardín, este otoño había sido muy caluroso y el invierno no estaba siendo digno de llamarse así, incluso la noche de Fín de Año, que siempre había sido condenadamente fría, resultó soportable con un mini-vestido de noche y medias de cristal.
Había ido a cenar con su familia y después de tomar las doce uvas, fue a una fiesta que se celebraba en un chalet de una ubanización próxima a la suya. Su primo, que siempre había sido un bala, estaba allí con sus amigos y le presentó a uno de ellos, que muy bien podría ser la reencarnación de Thor, el Dios del Trueno, un atlético rubio de ojos verdes de casi dos metros, con una mirada que conseguía que se te olvidara quien eras, qué hacías allí y qué sentido tenía todo lo que no fuera dejarte caer rendida a su exclusiva voluntad.

Fue una forma grandiosa de empezar el año, al menos hasta la mañana siguiente, cuando se despertó en casa acompañada de aquella escultura griega de sangre caliente y una estupenda resaca.
Era inevitable, después de un café comenzó a sentirse algo incómoda, aquel era su mundo, su castillo, su fortaleza y si bien su deseado amante era digno de contemplar a cada segundo y en cada gesto, su soledad reclamaba el espacio que merecía.
 
Caminó hasta la mesa de la terraza, cogió una silla y la movió hasta sentarse bajo la sombra de uno de los pinos, se encendió un cigarrillo y contempló el sol de media tarde, otro año más y se iba afianzando la idea de que pasaría el resto de su vida sola, pero no sentía que la soledad se arraigara en su ánimo con tragedia, simplemente lo asumía, asumía que tal vez debería rendirse y conformarse con relaciones superficiales pero placenteras. Sin compromisos, sin felicidad pero sin dramas, un estupendo equilibrio de vacío emocional.

Aspiró el humo del cigarrillo y lo expulsó con la fuerza del desencanto, el humo subió y se quedó enredado entre las púas del pino, tal y como ella se sentía. Miró el humo tratando de disolverse, no había ni una sola gota de aire que lo ayudara.

Las semanas que habían pasado desde la reunión habían ido apagando su entusiasmo por regresar a Ilógico, tal vez fuera mejor añorar lo que nunca llegó a suceder, que estrellarse contra una realidad burda y ordinaria. Sin embargo, en su pensamiento aún quedaba pendiente un acertijo, un enigma, seguramente el enigma más complicado de todos con los que cualquier persona pueda llegar a enfrentarse, tratar de llegar a conocer profundamente a otra persona.

Miró hacia arriba y el humo comenzaba a discurrir entre las púas, hacia arriba y hacia los lados, hasta desaparecer.
Le hubiera gustado que Dallas estuviera allí mismo, frente a ella, le hubiera gustado saber qué escondía detrás de esa mirada arrogante y esa inteligencia tan extraordinaria.
Se sorprendió de la intensidad con la que emociones aletargadas desde hace tiempo, comenzaban a invadirla frente a la posibilidad de volver a encontrarse con él.
Por un instante llegó a sentir que tal vez pudiera compartir su tiempo, en ese espacio sagrado que había construido a su alrededor, con él.

Llamaron al timbre de la puerta y regresó a la realidad.
Entró en la cocina y se dirigió a la entrada, miró al monitor de la cámara de la puerta del jardín y le vió. Sonrió al instante, era insultantemente bello.
- ¿Si? dijo ella apretando el botón de micrófono.
- Hola preciosa, soy yo.
- Hola amor... no te esperaba, pasa, dijo ella abriendo la puerta de la valla del jardín.

Abrió la puerta de la entrada y le vió subir por el camino, hacia ella.
Era magnífico, se podría pasar toda la vida mirándole, llevaban casi un mes saliendo.
Desde la noche de Fín de Año se habían visto varias veces, no podía creer que aún no hubiera conseguido asustarle. Era cierto que tampoco tenían una relación muy profunda, pero con menos aún había conseguido asustar a la mayoría de los hombres que había conocido.
Aunque tenía que ser sincera consigo misma, con Thor estaba teniendo muchísimo cuidado, como cuando coges de la vitrina del salón principal una escultura de porcelana de Lladró y la observas en todos sus detalles, en todos sus recovecos y curvas, su perfección, su exquisita belleza.
Sabes que no puedes más que contemplarla y volverla a dejar en su lugar, no puedes llevarla contigo a todas partes, por mucho que te guste. Su sitio no está contigo, no podría soportar el viaje, tal vez al principio sólo se rallaría, pero más adelante saldría alguna grieta, después otra más y con el paso del tiempo, se rompería.

Ahora estaba contemplándolo sólo un poco más, sabía que no había nada que pudiera hacer para retenerlo a su lado, por lo que cada momento era más especial.

- Te he comprado un regalo, dijo Thor.
- Qué tontería, no tenías que hacerlo.
- Espero que te guste -dijo Thor, ofreciéndole un pequeño paquete-.
- A ver... oh, una pulsera ¡qué bonita!.
- Si, he visto que no llevas ninguna y he pensado que te gustaría llevarla. Así piensas más en mi, que me tienes abandonado.

La abrazó y la besó, ella pensó que podría quedarse entre sus brazos durante el resto de su vida.

- Ya sabes que no me gusta mucho llamar por teléfono... me encanta la pulsera, es preciosa -dijo ella sin mentir del todo, porque seguramente lo era para alguien a quien le gustara llevar pulseras.
- Ven que te la pongo.
- Gracias amor, pero ahora me siento mal porque no tengo nada para ti... espera, ¿o si tengo algo?, dijo ella con una sonrisa maliciosa.
- ¿Me has comprado algo? -dijo sorprendido- ¡qué coincidencia!
- Si, sería una increíble coincidencia, porque no sabía que venías a verme.
- Es verdad...
- Bueno, no importa, no te he comprado nada, pero tengo algo para ti que sé que te gusta más que cualquier cosa...

No esperó a que lo entendiera, le cogió de la mano y subieron las escaleras al dormitorio, sentía la fría pulsera en su muñeca, tal vez esa fuera la primera grieta de su adorada escultura.

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